Los condes no tienen fama de madrugar, pero Marcantonio Brandolini d’Adda (París, 33 años), miembro de una de las familias más aristocráticas de Venecia, no se parece en nada a otros condes. Este príncipe con nombre —y perfil— de general romano se levanta al alba y a las siete de la mañana ya está trabajando en la isla de Murano, famosa por su tradición en la fabricación de cristal. No tarda más de 20 minutos en hacer el recorrido en lancha desde su casa, un palacio gótico en el Gran Canal, a pocos metros del puente de Rialto, hasta el taller de la familia Donà, tercera generación de artesanos del vidrio. Allí da forma a sus creaciones. “Hay gente que va al trabajo en metro o en autobús, yo voy en barca”, dice.La lancha de Brandolini parece volar sobre la laguna Veneta. Cuando llega a Murano, dos maestros vidrieros y dos empleados del taller ya lo esperan con los hornos encendidos a más de 600 grados. Esa es la temperatura apta para moldear el vidrio. Hoy, el conde va a hacer tres jarrones esculturales utilizando trozos de vidrio bruto (cotissi, en italiano) desechados por otros artesanos. Cada uno de esos jarrones puede pesar más de 60 kilos. Hay que tener la fuerza, la potencia y la técnica de un halterófilo para manipular las herramientas y las piezas de cristal. El conde, alto y corpulento, necesita la ayuda de dos hombres para hacer el trabajo.Fuera hace un frío húmedo, pero dentro de la fábrica el calor es agobiante. Brandolini se quita la sudadera y se queda en camiseta para trabajar en los hornos. “Se necesita fuerza para hacer esta labor tan delicada. Un movimiento brusco, un cambio de temperatura repentino, y el vidrio se puede romper. En este arte nunca se tiene el control”, indica, mientras una de sus obras, una especie de búcaro con piedras volcánicas de mil colores, va cogiendo forma.Brandolini y los artesanos del taller Donà, en la isla de Murano, en plena producción de uno de los jarrones esculturales que crea el aristócrata.Anna HuixA las nueve de la mañana, después de dos horas de ardua faena, los jarrones están casi terminados. Hay que dejar que se enfríen. Cuando la mayoría de la gente está llegando a sus trabajos, Brandolini ya ha acabado el suyo. “Bueno, este no es mi trabajo. Este es un proyecto personal. Mi trabajo es otro”, aclara. Su trabajo es dirigir Laguna B, la firma de cristalería veneciana de alta gama que fundó su madre hace 30 años siguiendo el antiguo oficio de goti de fornasa.“Mi madre, Marie, era francesa y tuvo una vida estimulante en París y Nueva York. Cuando se casó con mi padre y se mudó a Venecia, decidió hacer algo con su vida más allá de criar a sus hijos”, explica Brandolini. Marie Angliviel de la Beaumelle, condesa Brandolini por matrimonio y miembro de la dinastía de banqueros Rothschild por nacimiento, descubrió la técnica de goti de fornasa, la auténtica vajilla de cristal de Murano, gracias a su padrastro, Pierre Rosenberg, exdirector del Louvre. La aristócrata se enamoró de este arte y creó la colección de vasos Goto. Luego fundó la compañía y lanzó nuevas colecciones que han traído una actitud contemporánea al cristal veneciano. “Ella nunca se centró en el pasado nostálgico, siempre le interesó el presente y el futuro”, aclara su hijo, que de niño la acompañaba al taller.Las vasijas Goto de Laguna B, con sus diseños cinéticos y florales y sus colores llamativos, ya son icónicas. Estas verdaderas obras de arte coleccionables se han copiado tanto que es difícil caminar por una calle de Venecia y no encontrar imitaciones burdas en las tiendas de souvenirs.Los famosos vasos Berlingot, una de las colecciones más vendidas de Laguna B.Anna HuixEn 2013, Marie falleció a causa de un cáncer. Tenía 50 años. Marcantonio, el segundo de sus tres hijos, asumió el control de la compañía. “Tenía 21 años, pero no fue una decisión difícil. Fue algo bastante intuitivo. Lo hice porque lo tenía que hacer. Si hubiera heredado una fábrica de chocolate o una plantación de bananas, también la habría dirigido”, dice. Y confiesa: “El cristal no es mi material favorito, pero me gusta dirigir la compañía y comunicar el producto. Mi madre tampoco sentía especial pasión por esto. Su pasión era ser creativa y estar motivada”.Al principio, hubo dudas sobre si el joven y apuesto conde, con cierta reputación de chico fiestero y alergia a los estudios, iba a poder asumir el papel de director ejecutivo y director de arte de Laguna B y hacerse cargo de todo: el diseño, la visita a los hornos en Murano, el envío de las piezas a los clientes y la administración de las cuentas. “Fui el típico adolescente rebelde. Mi familia quería que fuera a misa y yo prefería salir con mi patinete por Venecia”, recuerda. Estudió en un internado suizo y vivía en Milán cuando falleció su madre. En 2016 regresó a la ciudad a tiempo completo para dedicarse a la empresa.Volver a su casa y a sus raíces no fue tan fácil como esperaba. Dice que los comienzos fueron complicados porque tenía un conflicto interno con su familia y con lo que representa esta saga en Venecia: nobleza, tradición, historia, riqueza… “Durante mucho tiempo intenté ocultar mis orígenes. No me sentía parte de ese legado. Me sentía un extraño en mi propia familia”, admite. “Ahora lo veo de otra manera. Me gusta el contraste entre este palacio, mi familia, la historia y lo que soy yo. Ahora, el contraste me parece algo poderoso. Antes quería esconderlo. Ahora le saco provecho”.Marcantonio Brandolini posa en un rincón del jardín.Anna HuixDe regreso en el palacio Brandolini, en el barrio de Dorsoduro, el príncipe del vidrio nos enseña los jardines de la casa familiar. Los diseñó el legendario paisajista británico Russell Page. Hay obreros trabajando en un ala del palacio. “Esta casa es como una catedral, siempre está en obras”, dice. En el gran pasillo de la entrada, adornado con tapices bordados con la corona de su familia, se cruza con su padre, el conde Brandino Brandolini. El parecido entre ambos es asombroso. Se saludan, conversan brevemente y Marcantonio continúa con la visita guiada.Las oficinas de Laguna B están ubicadas en las viejas cocinas del palacio, lejos de la planta noble donde vive su abuela, Cristiana, nieta del fundador del gigante automotriz Fiat y glamurosa matriarca de esta dinastía. Las paredes del despacho de Brandolini son de color azul eléctrico y llevan el nombre de la marca estampado en neón. Las estanterías, atiborradas de cristalería en mil y un tonos, conviven con su colección de patinetes. La empresa, con solo 14 empleados, despacha desde aquí unas 15.000 piezas al año. La colección Berlingot, diseñada por Marie en 1996, es la más demandada. Estados Unidos y el Reino Unido son los principales mercados. “Tenemos cero clientes italianos”, apunta. “Los italianos tienen en sus casas cristal de Murano desde hace generaciones”.Brandolini no ha estudiado Empresariales. Tampoco tiene un máster en Administración de Empresas, pero sabe gestionar el negocio. “He aprendido equivocándome, cometiendo errores. Gracias a Dios pude permitirme cometer muchos errores. Pero ya no, ya no puedo equivocarme”. En la última década, ha duplicado las ganancias de Laguna B lanzando la web para la venta online. También ha abierto la primera tienda insignia de la firma, detrás del palacio familiar y muy cerca de la Universidad Ca’ Foscari. La boutique, moderna y luminosa, fue diseñada por el arquitecto David Leclerc y también funciona como una librería que presta libros de arte y diseño a los universitarios del barrio.Los jardines del palacio Brandolini, diseñados por Russell Page.Anna HuixUn vaso Berlingot cuesta 135 euros y uno de la colección Goto asciende a 240 euros. Por una jarra a juego hay que pagar 420 euros. Los precios de Laguna B son elevados para un estudiante, pero Marcantonio asegura que está rejuveneciendo la marca. “Nuestro cliente solía ser una mujer rica de más de 50 años. Está cambiando mucho. Tenemos un público más joven que no puede comprar un juego de vajilla, pero que va adquiriendo piezas sueltas. Tenemos clientes que solo compran un vaso. Esos son los clientes que me hacen más feliz. No pueden gastar más, pero quieren formar parte de este proyecto”, explica.Conectar con las nuevas generaciones es su obsesión. Ha creado un programa de residencia para jóvenes de Estados Unidos y de otras partes del mundo que quieren aprender el arte de soplar el vidrio “a la veneciana”. “Cuando empecé en Laguna B, en 2016, fui a la Pilchuck Glass School, una escuela internacional de cristal al norte de Seattle, y quedé fascinado con la energía y el entusiasmo de los alumnos. Podía ver la pasión en sus ojos. Quedé impresionado porque aquí en Venecia los artesanos están perdiendo esa pasión. Los talleres han pasado de generación en generación, de padres a hijos, pero no hay pasión”, lamenta. “Quería importar esa energía de Pilchuck, donde hay estudiantes de todo el mundo: Japón, Corea, Australia…”. Ahora, unos seis o siete alumnos extranjeros pasan cada verano en Venecia y ven de cerca cómo se trabaja en Murano.—¿Le preocupa que se pierda el arte del cristal veneciano?—Me preocupa qué va a ocurrir cuando se mueran nuestros maestros vidrieros. Me preocupa que nadie sepa hacer lo que ellos saben hacer. Por eso hemos empezado a formar a jóvenes, para que dentro de cinco o diez años tomen el relevo.Algunas piezas de cristalería de Laguna B.Anna HuixTambién ha creado un programa medioambiental junto a la Universidad de Padua para reconstruir las marismas saladas de la laguna Veneta y salvaguardar el frágil ecosistema de la ciudad. Lo ha bautizado Vital. “Las marismas ayudan a controlar las mareas y las aguas altas en la ciudad. Mitigan las inundaciones y son un medio para capturar de manera natural el dióxido de carbono y proteger la biodiversidad”, explica. El programa está dando sus frutos. Ya se han detectado nuevas marismas en la laguna. “Pero hay tanto por hacer. Hay que reflotar Venecia”.—Hablando de hundimientos, ¿no le preocupa el exceso de turistas?—¿Qué sería de Venecia sin el turismo? Tenemos que atraer un turismo de calidad. Lo terrible son los cruceros, que son masivos, contaminan y destruyen la laguna. Pero el turismo es bueno para el negocio. Los venecianos se quejan, pero al final del día no podrían vivir sin los turistas. Quejarse [de los turistas] no es una buena campaña para la ciudad. No me gustan las quejas.Algunos condes madrugan, trabajan y no se quejan.El Gran Canal de Venecia, donde se levanta el palacio gótico de los Brandolini.Anna Huix

Marcantonio Brandolini, el conde que quiere reflotar Venecia: “Quejarse de los turistas no es una buena campaña para la ciudad” | EL PAÍS Semanal
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