Hubo un tiempo en el que podías morir de nostalgia. Literalmente, morir y que en el certificado de defunción, dentro del apartado causa de muerte, un médico escribiera nostalgia. Quizá, por tener ese origen patológico, la nostalgia siempre ha estado asociada a la tristeza y la melancolía. Pero, desde hace un tiempo a esta parte, diversos estudios han demostrado que puede ser mucho más. “La nostalgia es una emoción poderosa que puede beneficiar nuestro bienestar”, asegura Kuan-Ju Huang, una estudiante de doctorado en la Universidad de Kioto, que firma el último estudio publicado sobre el tema. Su investigación ha demostrado que la nostalgia fortalece los vínculos sociales.Pero antes, volvamos al origen. La nostalgia —nóstos, volver a casa; algia, dolor o sufrimiento— se utilizó como diagnóstico clínico por primera vez en 1688. Un estudiante de medicina suizo llamado Johannes Hofer la acuñó en su tesis doctoral para nombrar a una “enfermedad del cerebro” que provocaba depresión, confusión, palpitaciones, fiebre y trastornos de sueño. Un cóctel fatal para todo aquel que lo pillaba. Al principio se creía que era algo que solo podía pasarle a los habitantes de Suiza. “El país era tan hermoso, su aire tan refinado, que cualquiera que se marchara de él corría el riesgo de sufrir terribles consecuencias físicas”, detalla un artículo publicado en The Conversation. Y agrega que la nostalgia fue como una pandemia emocional que se extendió por Europa con consecuencias dantescas. Estudiantes, soldados o empleados domésticos: cualquiera que tuviera que irse a hacer una vida lejos de casa podía enfermarse, a veces de forma irremediable.Más informaciónAl poco tiempo, la nostalgia se subió a un barco y cruzó el océano Atlántico. Durante la guerra civil estadounidense enfermó a los combatientes como una peste. Entonces llegó el siglo XX y la cosa cambió. La nostalgia pasó por una doble metamorfosis de enfermedad a trastorno y, después, a emoción. Desde entonces, allí se ha quedado. Solo que ya no es necesariamente una emoción negativa. “Hoy hay muchos científicos que creen que la nostalgia puede tener un impacto positivo en la salud mental de las personas”, dice en una videollamada desde Inglaterra Agnes Arnold-Forster, historiadora y autora del libro Nostalgia: historia de una emoción peligrosa. La escritora añade: “Se ha descubierto que, si se estimulan pensamientos y sentimientos nostálgicos, esto puede hacer que las personas se sientan más conectadas socialmente y menos solas. La nostalgia puede contrarrestar la soledad porque fomenta el sentido de unión con los demás”.Arnold-Forster se refiere a investigaciones como la de Kuan-Ju Huang, que evidenció que las personas que son más propensas a la nostalgia tienen más amigos cercanos y ponen más esfuerzo en mantener sus amistades y otras relaciones en comparación con las personas menos sentimentales. La investigadora y su equipo llegaron a esta conclusión tras encuestar a casi 1.500 personas en Europa y Estados Unidos. “La nostalgia cumple varias funciones psicológicas”, detalla la científica. “Nos ayuda a integrar nuestras experiencias pasadas, fomentado una comprensión más completa de nosotros mismos”. Su investigación, asegura, muestra que la nostalgia “nos recuerda la importancia de los lazos sociales y nos motiva a fomentar o mantener esas relaciones significativas”.Este sentimiento puede funcionar, según los expertos, como una guía personal para buscar recursos sociales y psicológicos que promuevan la resiliencia y la motivación. Aunque es más bien una emoción mixta, casi agridulce: al recordar el pasado, la nostalgia puede evocar tanto tristeza como felicidad. “Rememorar recuerdos nostálgicos puede traer a la mente sensaciones de calidez y relaciones importantes, lo que es positivo. Sin embargo, a veces puede implicar un pasado abstracto o idealizado; en esos casos, puede llevar a las personas a pensar en lo mala que es su vida actual”, matiza Huang.La paradoja de la nostalgiaHay una escena en la serie Mad Men en la que su protagonista, Don Draper, —un complejísimo director creativo en una agencia de publicidad de Manhattan en la década de 1960— tiene que venderle una idea a los dueños de Kodak para promocionar el lanzamiento de La rueda, una máquina doméstica con la que proyectar fotos en película. “Sabemos que no es vista como una tecnología excitante, aunque sea una idea original”, se lamenta uno de los directivos de la compañía fotográfica. Draper le responde con su característico tono seductor: “La tecnología puede tener un destello lujoso, pero en publicidad existen raras ocasiones en las que el público puede ser atrapado en un nivel más allá de lo superficial. Es delicado, pero poderoso: nostalgia”.Esa delicadeza de la que habla el personaje hace que entrar en el terreno de la nostalgia, muchas veces sea como caminar al filo de una cornisa o por una habitación repleta de espejos. Diego S. Garrocho, profesor de Ética y Filosofía Política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro Sobre la nostalgia, asegura que “todas las personas decoramos y falseamos nuestros recuerdos, nuestra propia memoria que, como dijo una vez el escritor irlandés John Banville, es una sutil fingidora”.“Creo que es un recurso legítimo que nos permitamos imaginar que las cosas fueron más felices de lo que verdaderamente fueron. Proteger, decorar y restaurar nuestras memorias forma parte de las estrategias que tenemos los seres humanos de componer nuestra propia biografía”, continúa Garrocho. Que esto sea negativo o positivo para el bienestar personal es una cuestión de grado. “Si puedes llevar la nostalgia de una manera compatible con tu vida y simplemente es un rasgo del carácter, no hay ningún problema. Lo preocupante es que te impida ser capaz de construir una mínima esperanza de proyectos a futuro” apunta el filósofo. Hay algo de seguridad en lo inmutable del pasado que muchas veces logra reconfortarnos.Arnold-Forster coincide: “La nostalgia puede aliviar la ansiedad y, paradójicamente, ayudar a mitigar la depresión”. ¿Por qué? La historiadora lo explica: “Proporciona a las personas un sentido de significado y propósito, recordándoles las experiencias positivas que han tenido en la vida”. Curiosamente, la nostalgia también puede hacer que uno se sienta más optimista, ofrecer un sentido de posibilidad y esperanza. “Aunque la nostalgia trata sobre un pasado que ya no se puede recuperar, también transmite la idea de que si las cosas fueron buenas en algún momento, pueden volver a serlo en el futuro”. Es decir, que, bien empleado, el sentimiento nostálgico puede ofrecer un sentido de posibilidad y esperanza.El potencial de la nostalgia aún no termina de comprenderse del todo, pero existen avances. Por ejemplo, se ha estudiado cómo puede ayudar a las personas con demencia o alzhéimer a recuperar fragmentos de sus vidas que parecían ya olvidados. “Activar la nostalgia a través de programas de televisión antiguos o empaques de productos que estas personas consumían en su juventud hace que se sientan más conectadas socialmente, menos aisladas y mejoren las emociones negativas asociadas con la pérdida de memoria a largo plazo o la soledad de la vejez”, señala Arnold-Forster.La nostalgia, como todas las cosas, no puede ser absolutamente mala ni absolutamente buena. La historiadora británica ofrece un ejemplo: “Si sientes nostalgia de tu época universitaria porque pasabas tiempo con amigos y no estabas tan preocupado por el trabajo, podrías preguntarte cómo recrear algo de eso en la vida adulta. Tal vez, lo que necesitas es dedicarle más atención a tus seres queridos”. Este sentimiento, en definitiva, puede servir como un impulso para la acción, guiado por una sola pregunta: ¿qué hemos perdido que fue valioso y vale la pena recuperar? “Creo que ahí radica el poder de la nostalgia”, apostilla Arnold-Forster, “que puede significar muchas cosas a la vez”.

“La nostalgia es una emoción poderosa”: el lado luminoso de un sentimiento que nació como una enfermedad letal | Salud y bienestar
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