Constato con estupefacción que últimamente las televisiones hacen entrevistas a escritores, promocionan con delectación la aparición de novelas imprescindibles según sus promocionadores. Y recalcan que la mayoría de ellas abordan temáticas sociales, reivindicaciones inaplazables, empoderamiento, esas cosas tan de moda que al parecer necesita el mercado y los lectores concienciados. Pero dudo mucho que la gente que vive en irremplazable compañía de la tele posea excesivo amor hacia los libros. Estos te hacen pensar, se necesita concentración mental y emocional para saborearlos.Y creo haber escuchado en ese aparato que tanto me maltrata que en abril se cumple el centenario de la publicación de El gran Gatsby. Dudo que aquel inmenso escritor llamado Francis Scott Fitzgerald vuelva a ser reeditado. Aquel especialista en describir con elegancia, sutileza, lucidez y aliento poético tantos sueños que la realidad se encargó de machacar, momentos de gloria y su inevitable derrumbe, relaciones que alguna vez fueron luminosas y que se van tornando negras, era dueño de una prosa profunda. También de frases que van a perdurar en el recuerdo. Incluso podía ser humorístico y cómico como en el delicioso Historias de Pat Hobby, en el que se reía de sí mismo y de aquel Hollywood en el que trató sin mucho éxito de ganarse el sustento. Su literatura arrasó durante un tiempo y su vida social siempre fue desbocada. Cuentan que el amanecer le pillaba día tras día con una copa en la mano, junto a su hermosa y turbulenta esposa Zelda. Esta moriría en el incendio de un manicomio donde la había conducido una existencia al límite. Fitzgerald sobrevivió hasta los 44 años. Se lo llevó un infarto debido presuntamente a la ingestión de toneladas de alcohol y un sentimiento lacerante y progresivo de soledad.Escribió pocas novelas, pero sí un montón de relatos. Toda su obra me resulta memorable y entrañable, con esa conexión íntima que te provocan algunos artistas. Le descubrí cuando yo era muy joven y sospecho que seguirá conmigo hasta el final. Y cómo no, siempre retumbando en mi recuerdo las líneas finales de El gran Gatsby: “Gatsby creía en la luz verde, en el orgiástico futuro que año tras año aparece entre nosotros. Nos esquiva, pero no importa. Mañana correremos más deprisa, abriremos los brazos y un buen día… Así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

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